Donaciano Dujo / Presidente de ASAJA Castilla y León

Desde siempre, se consideraba que el año agrícola empezaba en septiembre, y concluía en agosto, con el grano ya recogido. Entonces era tiempo de recapitular, hacer cuentas de lo gastado en la siembra y lo cobrado por la cosecha, y con lo obtenido volver a embarcarse en una nueva campaña. Así fue para nuestros padres y abuelos, y también para nosotros, hasta hace poco. En los últimos tiempos todo va mucho más deprisa. Si echamos la vista para atrás, poco tiene que ver la presente campaña con la anterior.

Para empezar, tenemos una nueva PAC que no hay por dónde cogerla, que nos está obligando a cambiar nuestras explotaciones para adaptarnos a reglas que no entienden ni en Bruselas, con los técnicos de las organizaciones agrarias tratando de traducirlas a los agricultores y ganaderos para poder cumplimentar las solicitudes. Con todo, eso estaba anunciado. Pero lo que no esperábamos era que estallaría una guerra a las puertas de Europa, que acarrearía una crisis energética y de materias primas sin precedentes.

Caiga lo que caiga, el agricultor tiene que seguir sembrando, y el ganadero produciendo. En septiembre ya advertimos que iba a ser la sementera más cara de la historia, al aumentarse los gastos por hectárea de 500 euros a cerca de 1.200 euros. Con estos altísimos costes, -que solo podrán recuperarse si se logra una cosecha y se paga a un precio acorde con lo invertido- se redujeron las siembras, y una parte importante de la superficie se destinará esta primavera a girasol, forrajes o barbechos.

En aquellos momentos el precio de venta cereal estaba en torno a 350 euros tonelada, un techo inédito. Hubo agricultores que no vendieron todo en otoño, porque no podían cambiar su sistema habitual de cotización por un momento puntual de precios altos. Esperaron a vender una parte del grano en 2023, apenas unos meses después. Aunque los agricultores no tenemos otra que ser desconfiados, y sabemos que todo lo que sube baja en algún momento, nadie podía adivinar que, apenas cinco meses después, algunos quieran pagar el cereal a un 30 por ciento menos, sin justificación alguna.

Una vez más se confirma la indefensión del campo frente a especuladores que manejan los hilos a su antojo. Fondos de inversión que controlan puertos y mercancías que ni siquiera llegan a tocar, hasta que recaudan dividendos y cuando les viene bien tiran los precios. Y ahí nos quedamos los agricultores, impotentes, y a veces arruinados.

En estos momentos, hay que ser prudente, mantener la cabeza fría y no atender a noticias interesadas, que ahora con las redes sociales se difunden como mucha facilidad. Nuestras lonjas son una referencia y sus tendencias son la mejora manera de orientarnos a la hora de vender nuestras producciones. Y por supuesto estar informados y unidos en organizaciones agrarias, que la soledad es mala compañera en los tiempos difíciles.