José Vicente Andreu Marcos / Pte. ASAJA Alicante

Imagine que un día pasea por la plaza de Gabriel Miró o el Parque de Canalejas de Alicante y no encuentra los ficus centenarios que determinan todo lo que ocurre alrededor de estos puntos centrales de la capital. Imagine encontrar en su lugar un polvo astillado, dispuesto como un cráter o una boca de hormiguero. No piense sólo en cómo se le encogería el corazón; piense también en la pérdida de atractivo turístico y en cómo la falta de visitantes y de inversiones degradaría la zona y las vidas de los vecinos. En que desde el Ayuntamiento le dicen que lo exigía la UE, que ya los sustituirán por pinos porque son más resistentes. Que viva con ello, porque nadie tiene la culpa de que hayan enfermado mortalmente por una bacteria invasora.

Los almendros de Alcalalí, de Xaló, de Balones, de Benimantell, del Castell de Guadalest y de todos los términos municipales que cada semestre ven su nombre en la creciente lista de destrucciones prioritarias por Xylella fastidiosa son, para sus vecinos, incluso más de lo que los ficus son para Alicante. Porque, además de protagonizar el paisaje verde y blanco que cada año por estas fechas atrae visitantes a las Marinas y al Comtat para disfrutar del espectáculo de la floración, son el sustento de muchos agricultores que viven de la producción de sus frutos. Los empresarios agrícolas de estas comarcas llevan desde 2017 contemplado estoicamente cómo se han arrancado y triturado en sus parcelas más de 157.000 almendros. Y aún así, resisten: en Alcalalí ya celebran el tradicional Feslalí, el festival de los árboles en flor, con el subtítulo Alcalalí sense flor, para que nadie olvide lo que está pasando allí por muy lejos que parezcan estar de las huertas citrícolas valencianas.

Donde yacen esas astillas nunca más volverá a recortarse la silueta de un ejemplar de Prunus dulcis contra el mar y la montaña. Se estudian alternativas resistentes a la Xylella. Tal vez algarrobo, quizá olivar. Lo que es seguro es que no habrá ramas frondosas que retengan la humedad de las brumas y la dirijan al subsuelo ni ningún fruto que cosechar hasta dentro de muchos años. Sin los árboles, se acelera la aridificación, suben las temperaturas, se vacían los pueblos. Todo contra lo que este Consell asegura luchar está ocurriendo desde hace casi cinco años sin que la administración valenciana haga nada más que arrancar almendros presa de un furor incontenible.

Porque se equivoca la Conselleria de Agricultura al insistir en aplicar el protocolo de erradicación de ejemplares sanos, una estrategia que en todo este tiempo sólo ha demostrado ser letal para los almendros y no para la Xylella. Arrancar árboles en un radio de 100 metros desde el ejemplar positivo no tiene sentido en una orografía abrupta y diversa como la del Comtat y las Marinas. Devastar y arrasar con los almendros del norte de Alicante y el paisaje de estos valles no es una solución concebible, ni equilibrada ni motivada. Es un fracaso absoluto porque está siendo peor el remedio que la enfermedad. De las 21 especies vegetales afectadas por la bacteria sólo tres son cultivos: los insectos vectores de la plaga viajan de bancales a barrancos por distintas cotas de altura, de matas de romero hasta arbustos de aliaga, impulsadas por el viento y sin GPS que les recuerde que vuelvan a hacer noche en el primer tronco infectado cuando se alejan más de 100 metros de él. La realidad que percibimos los que conocemos la zona es que no se expande el patógeno sino que se expanden los técnicos de Conselleria que realizan los análisis. La radiografía de situación que publica con enorme retraso el organismo es irreal, pero sigue siendo el plano del campo batalla que guía a las máquinas de Tragsa en su matanza de moscas a cañonazos: mientras roen almendros en un bancal, la bacteria corre libre por umbrías y solanas a cientos de metros de la tala. Un error catastrófico del que ya avisamos cuando casi todas las 3.400 parcelas que se han arrasado en estos cinco años aún tenían árboles.

El ruido de las retroexcavadoras no deja que la Conselleria escuche el clamor del campo alicantino. Es cierto que desde agosto de 2020 se ha relajado la medida al rebajar a 50 metros el radio de exterminio y que hay ayudas para replantar especies más resistentes, pero la orden sigue siendo abrir un cortafuegos en la Marina Alta y el Comtat que parece seguir una línea de puntos política. No, la erradicación es música para los oídos de la Conselleria porque este protocolo permite canalizar fondos europeos para los trabajos de arranque y trituración, mientras que la contención obliga a talar menos, a analizar de forma exhaustiva, a ensayar soluciones innovadoras y a sufragar este esfuerzo con fondos propios. Pero la supervivencia del Botànic va antes que la de la Muntanya.

En 2022 celebramos este festival sin flores y con rabia, esperando que se oiga la voz de los afectados por la Xyllella. Es triste explicar a los vecinos y turistas que no hay almendros en flor porque la Conselleria de Agricultura y Transición Ecológica los ha triturado… Lo será todavía más contarle a un nieto que los quitaron porque era muy rentable para la Administración aunque fuese una ruina para los agricultores.