Donaciano Dujo / Presidente de ASAJA Castilla y León

2024 trae una cita importante en el horizonte: las elecciones europeas, que se celebrarán el 9 de junio. Preocupa la participación, que con dificultad atrae al 50 por ciento del censo cuando solo se vota al parlamento europeo; solo logra superarse el 60% cuando coincide con otros comicios municipales y autonómicos, que ya están también anunciados en algunas comunidades.

Las elecciones europeas son claves para el campo porque este nuevo parlamento y comisarios tendrían que trazar una nueva PAC. Es un momento crucial, puesto que se puede reconducir el mal camino por el que hasta ahora nos ha estado llevando Bruselas, restando potencial productivo tanto a España como a Europa, abocando a nuestro continente a importar alimentos de terceros países. Las crisis vividas con la pandemia del Covid y la guerra en Ucrania han abierto los ojos a algunos de los que se creían que el mundo era un mercado único perfecto; pero no es así, hay un riesgo cierto de no poder garantizar los alimentos a nuestra propia población si no cambiamos de rumbo.

En el caso de España podríamos achacar nuestra pérdida productiva a tres factores: el cambio climático, los errores políticos y las abusivas prácticas de los que nos venden los inputs y a la vez compran lo que producimos, que estrangulan la rentabilidad de agricultores y ganaderos. Respecto al clima, el 2023 ha sido catastrófico para el campo de Castilla y León, como lo demuestran las altas indemnizaciones de Agroseguro. Lo más preocupante es que tampoco fueron buenos 2022, 2019 y 2017. En un territorio en el 85% de la superficie agraria es secano, si no llueve en primavera no hay cosecha ni pastos, y todo el trabajo e inversión se pierden. En lo político, ha coincidido que éste era el primer año de aplicación de la última PAC, repleta de normas encaminadas a la desincentivación de la producción, lo que propicia el abandono del campo y del medio rural.

Respecto a los factores económicos, los costes de producción se doblaron en 2022 como consecuencia de la guerra en Ucrania, y ahí se han quedado. Pagamos precios disparatados por los medios de producción, cuando el valor de lo nuestro -unas veces por las importaciones, otras por la presión del gobierno para tratar de frenar el IPC de la alimentación y casi siempre por la práctica abusiva de los que compran lo nuestro- no remonta. Hay bajadas contantes y sonantes, más de 100 euros por tonelada de cereal o cerca de 70 euros por tonelada de leche de vaca.

Debo decir que hay algunas excepciones en nuestro sector, productos cuyos precios han subido incluso se han doblado en los últimos dos años, como el azúcar y la leche de oveja. Detrás de estas subidas está la imprevisión de los compradores, que han apretado tanto con precios vergonzosos que han logrado arruinar a la mayoría de los productores, y muchos no tuvieron otra salida que abandonar. Y ahora se encuentran con que escasea la materia prima nacional, y la importación no garantiza ni calidad, ni tampoco ese precio tan barato que imaginaban. La rentabilidad de industrias como las lácteas, que no hicieron ningún esfuerzo por ser más competitivas, cae en picado, y entonces se acuerdan de los ganaderos de aquí, y quieren que produzcan más leche… cuando la mayoría echó ya la persiana a su explotación. Y ya no hay remedio porque el campo no es una fábrica que para y arranca cuando quiere, y menos cuando hablamos de ganadería.

Estos ejemplos nos tendrían que servir para planificar el futuro inmediato del campo, que es también el del sector agroalimentario de la región y del país. En los próximos quince años nos jubilaremos 20.000 profesionales, alrededor del 50 por ciento de los agricultores de Castilla y León, y a duras penas se incorporarán 7.500. Se van los profesionales de toda la vida, los más tradicionales, los que conocieron el arado e hicieron crecer lentamente las pequeñas cabañas ganaderas de sus padres y abuelos. Y los que vienen entran con otra mentalidad. Quieren explotaciones rentables y también condiciones de trabajo óptimas y comparables con el resto de sectores: libranzas, manejo más cómodo, más libertad y menos dependencia que la que han aguantado sus mayores para sostener sus empresas. Cada paso que se dé estos años será clave para lograr un sector agroganadero potente, moderno y que dé respuestas a los retos del futuro. Un sector del que no puede prescindir una comunidad como Castilla y León, que tiene un potencial precioso para ser líder en agroalimentación.

Desde ASAJA hacemos una demanda a los políticos, sí, pero especialmente a los otros agentes económicos relacionados con el campo, para que procuren proteger la rentabilidad de los agricultores y ganaderos, porque si se quiebra la base se quiebra el sector agroalimentario en su conjunto. Hagamos sostenible económica y socialmente la agricultura de la región para que nunca falte de lo nuestro, que es lo mejor.

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