José Vicente Andreu / Vicepresidente de ASAJA Alicante – Jóvenes Agricultores

Que la provincia de Alicante es de postal, es bien sabido por todos. Una tierra de amplios contrastes, que derrocha belleza natural de norte a sur. Donde sus inmensas playas de arena blanca bañadas por la calma del mar Mediterráneo son solo un aperitivo de lo que este punto geográfico esconde en sus entrañas. Y es que, Alicante es una de las provincias más montañosas de España, con una orografía escarpada y escalonada en el norte que guarda algunos de los pueblos con más encanto y visitados del país y, por el sur, una llanura aluvial que corresponde al cauce del río Segura, un verdadero vergel, donde el campo se entremezcla con una huerta histórica flanqueada por azarbes y drenajes, que suponen uno de los sistemas de aprovechamiento de aguas más antiguos del continente.

Gracias del enclave geográfico que tenemos la suerte de ocupar en el mapa, la provincia de Alicante cuenta con inviernos suaves en los que apenas hiela y disfruta de 2.900 horas anuales de sol, de las que 1.171 transcurren de octubre a marzo, lo que se traduce, al margen de su incontestable atractivo turístico, en un potencial productivo de sus tierras tan inigualable como variopinto. Muestra de ello son sus siete denominaciones de origen, entre las que se encuentran: los vinos de Alicante, viñedos que se extienden en minifundios por todas las comarcas y que se da en zonas como el Valle del Mañán, la Sierra de Salinas, Las lagunas del parque de Torrevieja, Pinoso, Algueña, Villena …; la tradicional Uva embolsada que pinta los valles del Medio Vinalopó; la Cereza de la Montaña de Alicante, la más temprana de España; los emblemáticos Nísperos de Callosa d’En Sarrià; el Turrón de Alicante o Jijona; la Granada Mollar de Elche; o Bebidas espirituosas.

Una riqueza que ni mucho menos es únicamente agroalimentaria sino, también, ecológica, medioambiental, paisajística… y que completa la hermosa y colorida instantánea de este rincón del Mediterráneo que ahora, desgraciadamente, se encuentra en serio peligro debido a la aparición de un nuevo “maná” que ha llegado al campo: las energías renovables, sobre todo, la solar fotovoltaica, que ha conseguido disparar el precio de alquiler de las tierras de labranza, donde los índices de arrendamiento de suelo rústico para un parque fotovoltaico llegan a 1.500 euros por hectárea y año, frente a los 150 para cultivar, por ejemplo, cereal. Algo difícil de superar, sobre todo, para el maltrecho agricultor de hoy en día, que lidia contra los bajos precios en origen, las constantes amenazas de la falta de agua con los ataques al Trasvase Tajo-Segura, la inestabilidad del mercado a causa de los efectos del COVID, la entrada de productos de terceros países …

La historia se repite. Una vez más, el productor, el eslabón más débil, es el agraviado en una situación de poder donde es imposible que pueda competir con los grupos de interés o grandes fondos de inversión que promocionan las plantas y que llevan meses ofreciendo a los propietarios de fincas rústicas, incluso antes de que sus planes sean aceptados con el objetivo de contar con más fuerza en el proceso de autorización, contratos suculentos que suponen una tentación económica, tanto para el propietario del suelo, como para quien tiene que aprobar o autorizar la instalación de los huertos solares, como los ayuntamientos de los pueblos, que no deberían dejarse llevar por el pensamiento cortoplacista de más recaudación, sin tener en cuenta el golpe que esto supondría para la agricultura y, por ende, para su municipio.

Y así, ante la expectativa de un «pelotazo energético» que recorre con sus tentáculos el interior de nuestra provincia y las zonas rurales, en la que está en juego una inmensa cantidad de dinero, penden de un hilo cientos de explotaciones agrarias de uva de vino, uva de mesa, frutas y hortalizas, cereza, nísperos… con los nada más y nada menos que 170 proyectos de plantas foltovotaicas en nuestra provincia que en estos momentos tiene encima de la mesa la Conselleria de Economía Sostenible.

Huelga decir que, por supuesto, no nos oponemos a la instalación de plantas o sistemas que supongan reciclar, proteger, cuidar la naturaleza a través de las energías renovables. Pero si pedimos control, planificación y orientación de este tipo de instalaciones en zonas de nulo impacto agrícola para que se dé una convivencia equilibrada. Es necesaria la protección para salvaguardar un sector como el productor de alimentos, en una posición claramente vulnerable, para que no se vea aún más castigado por el crecimiento sin control de un negocio que puede ‘expulsar’ de un plumazo a agricultores y ganaderos de las tierras y pastos que han estado aprovechando durante decenios, donde han realizado inversiones millonarias en plantación de cultivos, modernización de regadíos, sistemas eficientes de fertilización, inversión en maquinaria, creado puestos de trabajo y puesto en valor nuestro territorio.

En manos de nuestras administraciones, su responsabilidad ciudadana y su sentido común, está que el apreciado Alicante de interior, donde cientos de familias viven de la agricultura y fijan población en los pueblos y zonas de montaña con gran encanto, que contribuyen activamente a engrandecer nuestra postal y a crear paisaje, desaparezca, para dar paso a una fotografía donde solo impere el blanco y negro de los fríos mares de espejos que son los huertos fotovoltaicos.