La sostenibilidad se ha convertido en un indicador más de la competitividad empresarial, especialmente para las cooperativas. Por su naturaleza, estas empresas tienen un fuerte compromiso con su entorno social y medioambiental y de forma innata generan valor económico en su círculo más próximo. Tres dimensiones que, unidas, constituyen lo que se conoce como sostenibilidad integral.

Los consumidores dan prioridad a aquellas entidades que velan por el desarrollo consciente de su entorno, y más cuando se trata de empresas agroalimentarias. La conciencia social sobre el origen de los productos, el efecto del cultivo sobre la huella de carbono o los materiales de los que están fabricados los embalajes son factores decisivos a la hora de hacer la compra. También se premian otros intangibles, como el tipo de energía que se emplea para la fabricación o el gasto de recursos hídricos en el proceso de producción.

Además, la política ya sea europea, nacional o andaluza tiende a apostar por el medio ambiente. Un claro carácter verde que también estampan en sus convocatorias de ayudas. No hay más que fijarse en los planteamientos de Bruselas sobre el próximo marco normativo de la Política Agraria Común y las estrategias complementarias ‘De la granja a la mesa’ y de la ‘Biodiversidad para 2030’.

Con estas dos realidades sobre la mesa, Cooperativas Agro-alimentarias de Andalucía se ha preguntado cómo y cuánto son de sostenibles sus 659 entidades federadas. Una cuestión que trata de resolver a través del proyecto ‘Intermediación experta en los procesos de transformación de cooperativas mediante la mejora de su sostenibilidad integral’, dentro de la línea 3 para el Fomento del Emprendimiento Social del Programa de Apoyo a la Promoción y el Desarrollo de la Economía Social para el Empleo, que financia la Consejería de Empleo, Formación y Trabajo Autónomo de la Junta de Andalucía.

La federación ha analizado el grado de sostenibilidad integral de una docena de cooperativas andaluzas. A través de una herramienta de autoevaluación –bautizada como eSIAB-, los técnicos de la organización han realizado un cuestionario con un centenar de preguntas sobre materia social, medioambiental y económica de la cooperativa. Una vez analizado los resultados, los servicios técnicos de la federación remiten a cada cooperativa un informe personalizado con medidas sobre sostenibilidad para implementarlas en su estrategia de negocio.

EXPERIENCIAS

Las cooperativas San Isidro Labrador y San Marcos, de Canena (Jaén), han sido dos de las doce participantes en el proyecto. A lo largo de su historia, estas entidades han incorporado a su filosofía y a su estrategia empresarial medidas que han mejorado su grado de sostenibilidad. Una de las más importantes en ambos casos fue la apuesta por el modelo de producción integrada, que restringe el uso de fitosanitarios y fomenta la protección y mejora del entorno.

Tras una fuerte inversión para adaptar sus instalaciones, San Isidro Labrador obtuvo su certificación en 2016. Gracias a esta apuesta, “la cooperativa se beneficia de obtener un aceite de calidad y libre de pesticidas”, explica María Regina Valverde, responsable de Administración de la entidad. Además, gracias a la maquinaria más eficiente han conseguido ahorrar en torno a un 20% de su gasto energético.

En el caso de San Marcos, trabajar bajo el sistema de producción integrada desde el año 2015 le da “la tranquilidad de mantener un seguimiento pormenorizado de las parcelas, las plagas y abonados, así como del uso de fitosanitarios”, comenta su gerente, Manuel García.

Ambas cooperativas han hecho otras inversiones para conservar su entorno. La más importante ha sido la implantación de un sistema de fertirrigación en la comunidad de regantes que, bajo un estricto control técnico, les permite reutilizar las aguas residuales como fertilizantes.

En San Isidro Labrador han instalado una planta potabilizadora que les permite reutilizar el 100% del agua procedente de su pozo, así como de la lluvia. También emplean el hueso de la aceituna molturada para el funcionamiento de la caldera y las hojas del olivo, como biomasa y cubierta vegetal.

Más allá del plano ambiental, la cooperativa San Marcos ha contribuido a la sostenibilidad social con el apoyo a asociaciones locales y deportivas. Además, en términos económicos, “se han fortalecido los contratos de venta a granel y se ha ampliado la cuota de aceites envasado, entre otras medidas.

En cuanto a futuros proyectos, en San Isidro Labrador tienen claro que las inversiones pasan por instalar placas fotovoltaicas y buscar una solución para un subproducto como el orujo. Por su parte, San Marcos trabajará por mantener una buena salud económica para la cooperativa y su base social para poder afrontar con holgura los retos sociales y ambientales.

El trabajo realizado por entidades como San Marcos o San Isidro Labrador ejemplifican a la perfección “el compromiso de las cooperativas agroalimentarias con su entorno y su desarrollo”, señala José Manuel Pacheco, técnico de Cooperativas Agro-alimentarias que ha asesorado en este proceso a las cooperativas.

DECÁLOGO DE SOSTENIBILIDAD

Uno de los objetivos finales de este proyecto es conseguir la adhesión de cooperativas agroalimentarias al Decálogo de Sostenibilidad Integral de la Industria Alimentaria. Biosabor, Trops o industrias como Heineken o Calidad Pascual ya rezan en la lista de las empresas comprometidas con estos diez principios.

Al dar este paso han asumido ejercer buenas prácticas comerciales con la cadena de suministro, así como favorecer la participación, la formación y las condiciones laborales de sus trabajadores, además de tener una comunicación proactiva con los agentes de interés y los consumidores.

En términos ambientales, se han comprometido a conocer el impacto de su actividad y velar por la eficiencia energética en sus procesos productivos. Criterio que también aplicarán a la hora de diseñar un producto o envoltorio para minimizar las consecuencias en el medio ambiente. En esta línea promoverán además la reducción de residuos y el freno al desperdicio alimentario.

Las empresas adheridas fomentarán la conducta ética empresarial y apostarán por la introducción de nuevas tecnologías y productos innovadores siempre que sean compatibles con una economía más sostenible. Pero, sin duda, el mayor compromiso es impulsar una agricultura, una ganadería y una industria agroalimentaria sostenibles que conserven los recursos naturales y el medio ambiente y mantengan la biodiversidad del entorno.