La supervivencia de la agricultura en España pasa, entre otras cuestiones, por acometer un necesario y progresivo proceso de modernización que permita hacer frente a los retos que tiene ante sí, entre ellos, los más acuciantes, la espiral al alza de los costes de producción, con las materias primas y la energía como puntas de lanza, consolidar el posicionamiento de los cultivos de alto valor, mejorar la productividad de las explotaciones, obtener unos mejores precios por sus productos, optimizar la gestión de los recursos hídricos y afianzar un modelo de producción sostenible desde todos los puntos de vista, tanto económico como social y medioambiental, que otorgue una adecuada rentabilidad y permita la subsistencia del sector.

Modernizar el sector agrícola significa incorporar las tecnologías necesarias para superar los desafíos que tiene ante sí, apostando por la digitalización, de forma que se lleven a cabo cada vez más tareas y procesos de manera automatizada, empleando aparatos de medición y monitorización que permitan recabar y registrar todo tipo de parámetros relacionados con la explotación en tiempo real, a través de dispositivos que se manejan con facilidad, desde teléfonos móviles y tablets, y no solo mediante ordenadores, con multitud de aplicaciones que funcionan de forma remota y a golpe de clic, y facilitan la actividad diaria y la toma de decisiones del agricultor, reduciendo los riesgos, el margen de error, ahorrando tiempo y ayudando a incrementar la productividad y la calidad de los frutos.

Para ello, los productores han de realizar una transición desde el actual modelo agrícola tradicional hacia una agricultura denominada inteligente o, incluso, en algunos ámbitos, agricultura 4.0, basada en la apuesta por las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación).

El primer paso para modernizar la agricultura pasa por acometer un profundo cambio de mentalidad a la hora de decidir qué debemos cultivar. En función de las características de cada zona, principalmente, las cualidades y disposición del terreno, la climatología y la disponibilidad de agua de regadío, el agricultor ha de decantarse por un tipo de cultivo, de los considerados de alto valor por su buen comportamiento en los mercados, con una demanda creciente y una evolución favorable de su cotización, en detrimento de producciones clásicas, normalmente de secano, que generan menor productividad y rendimiento económico por la saturación del mercado. Entre estos cultivos de alto valor, destacan el almendro, el pistacho, el olivar, el nogal, el aguacate y los cítricos.

LA IMPLANTACIÓN DE UN MODELO AGRÍCOLA MÁS SOSTENIBLE, ADEMÁS DE NECESARIO, ES TAMBIÉN SINÓNIMO DE MODERNIZACIÓN

A continuación, debemos tener en cuenta que la modernización de la agricultura puede presentarse en todas y cada una de las fases que se llevan a cabo durante el desarrollo de un cultivo. Para empezar, es necesario conocer en profundidad el terreno donde vamos a acometer el proyecto de explotación, pues cuanto más datos tengamos sobre sus características, aumentará la probabilidad de éxito y se reducirá el margen de error. Para hacerlo, es imprescindible la tecnología que nos permita analizar el suelo y conocer las proporciones de minerales, materia orgánica, aire y humedad que contiene.

Posteriormente, en el caso de que sea necesario, hay que emplear la maquinaria para acondicionar el terreno y dejarlo en óptimas condiciones para iniciar la siembra, en cuya fase debemos tener en cuenta qué semilla elegimos, certificada y con las mejores garantías para nuestro cultivo. Una vez plantado el cultivo, debemos diseñar un adecuado sistema de riego y fertilización, cuya optimización depende, en gran medida, de la incorporación de tecnología que garantice el denominado riego inteligente, sin desperdiciar agua, mediante la división de la parcela en zonas según sus diferentes características.

Hay que tener en cuenta las tareas agronómicas que requiere un cultivo, entre ellas, la poda, la limpieza de malas hierbas, el mantenimiento del sistema de regadío, así como el control y la prevención de enfermedades y plagas. Todas ellas, hasta que llega el momento de la recolección, mejoran con la incorporación de nuevas tecnologías que permiten su labor de una forma más eficiente, ahorran costes y mejoran la productividad, al igual que la recogida de la cosecha, que no es lo mismo si se realiza manualmente a si se lleva a cabo mecánicamente.

La implantación de un modelo agrícola más sostenible, además de necesario, es también sinónimo de modernización. En este sentido, el sistema productivo ha de acondicionarse para hacer un uso responsable y sostenible de los recursos, fomentando una agricultura sostenible. En el caso de la energía, más aún, con la espiral de costes al alza de los últimos tiempos, es importante tener en cuenta la posibilidad de instalar placas solares que nos proporcionen autosuficiencia energética o, al menos, una buena parte de nuestras necesidades, siempre y cuando el proyecto sea viable económica y medioambientalmente.

Conviene recordar que no solo a través de tecnología y maquinaria se consigue modernizar la tecnología. La innovación en la agricultura puede venir de la mano de cualquiera de los procesos que se llevan a cabo en una explotación. Y para ello, la formación y el asesoramiento son dos elementos fundamentales en este proceso, que aceleran esta necesaria transición desde una agricultura tradicional. La importancia de rodearse de técnicos y expertos que nos puedan guiar en cada fase de la explotación y a la hora de tomar las decisiones más importantes se traduce en una garantía de éxito en el camino hacia el necesario proceso de modernización de la agricultura.