Donaciano Dujo / Presidente de ASAJA Castilla y León

Una de las cosas por las que estoy agradecido a ASAJA es la oportunidad que como presidente me ha dado de recorrer cada rincón de la comunidad de la mano de las personas que mejor la conocen, los agricultores y ganaderos. He recorrido las nueve provincias para participar en reuniones, ferias o asambleas; por desgracia, unas cuantas veces, para acompañar a los nuestros en momentos muy difíciles. En agosto se cumple un año de la visita a la Sierra de la Paramera, en Ávila, asolada por un incendio que destrozó 20.000 hectáreas y que calificamos como histórico, en parte deseando que no se volviera a producir. Poco podíamos imaginar que diez meses después la situación se iba a repetir, incluso agravar, en el siniestro que ha teñido de negro más de 25.000 hectáreas de la Sierra de la Culebra.

Es cruel que el fuego se cebe en una comarca de valientes que han tenido que afrontar su vida y su profesión con el viento en contra. Una zona asolada por la despoblación y con escasos recursos para vivir, en la que las gentes que han permanecido han tenido que aprender a adaptarse mucho más de lo que pudieran nunca imaginar los burócratas de Bruselas. Unas vacas o un hatajo de ovejas, unas colmenas, algún prado para proporcionar alimento a los animales, es la actividad que permite resistir en La Culebra, tierra de lobos, y a partir de ahora la tierra que quemó el incendio de 2022. Se cae el alma a los pies recorriendo un paraje antes verde y hoy pardo, casi irreconocible si no fuera por los restos de los cerramientos ganaderos, unos recientes, otros levantados hace generaciones.

Algo que les ha dolido especialmente es que, en el momento crítico, la guardia civil, siguiendo órdenes, les obligara a marchar. Están convencidos de que hubieran podido ayudar a cortar el avance del fuego, porque si alguien conoce palmo a palmo el terreno son los propios ganaderos. Un conocimiento con el que hay que contar a partir de ahora, que toca reconstruir la zona, una labor que llevará años, e incluso generaciones, en el caso de los árboles.

¿Se pudo evitar este desastre? Los primeros momentos, tras esos rayos que marcaron la sierra por varios puntos, fueron claves. Una vez que avanza, con el viento a favor y la sequía que arrastramos, el fuego es imparable como la lava de un volcán. Lo ocurrido tiene que servir para adaptar los operativos a las circunstancias que ya no parecen excepcionales, sino que tienden a ser crónicas. Pero también hay una labor que no se está haciendo, como una y otra vez ha denunciado ASAJA, y como lamentan los ganaderos de La Culebra. La limpieza de los montes es muy escasa, y el follaje y los restos vegetales arden como una pira. Una parte de este abandono es fruto de la desgraciada despoblación, pero otra parte es una mal entendida protección del medio. Los propios vecinos no se atreven a mover una rama, porque todo parece prohibido. Al final, cualquier mantenimiento pasa porque las administraciones contraten a personal para ello, y eso como sabemos no siempre ocurre. Entre unos y otros, como diríamos, el monte está sin barrer. Si sumas calor y un rayo, el riesgo está ahí.

Los habitantes de La Culebra están hechos a aguantar y soportar dificultades. Si no fuera por lo que ha ocurrido, seguramente nunca se hubieran ocupado de ellos las televisiones nacionales. Sería muy injusto que, al abandono que ya arrastra la zona, no se les apoyara para remontar tras esta catástrofe. Han librado a la mayoría de sus animales del fuego, pero nada hay para darles de comer en varios kilómetros a la redonda. Hay que recuperar las estructuras, las construcciones. Planificar de la mejor forma posible la reforestación y la restauración de la vegetación. Y, sobre todo, escuchar a la gente de allí. Que ellos saben lo que es de verdad necesario porque cuando dejan de ocuparse de ellos en la televisión, siguen viviendo allí los 365 días del año.