Estos días se han producido tormentas en algunas regiones del país y, ante la posible llegada de lluvias a las zonas donde han tenido lugar los peores incendios, Greenpeace pide a los municipios afectados que comiencen, ya mismo, a planificar actuaciones de emergencia para el control de la erosión y el arrastre de cenizas derivadas de los grandes incendios forestales.
Las lluvias posteriores a los incendios arrastran cenizas, sedimentos, metales y otros contaminantes hacia ríos, embalses y acuíferos, comprometiendo la calidad de las aguas subterráneas y superficiales y generando impactos sobre el abastecimiento en distintos municipios, además de afectar a los ecosistemas acuáticos, a la biodiversidad e incluso a la seguridad de las personas.
A fecha de 20 de agosto ya hay 262.030 hectáreas de superficie quemada (Fuente: MITERD). Pero los 44 grandes incendios forestales registrados en lo que va de año han dejado mucho más que una cifra, han dejado récords que constatan la evolución de los incendios a episodios de alta intensidad debido al cambio climático, tal y como lleva advirtiendo la comunidad científica desde hace décadas: el mayor incendio de la historia de España, en Burgohondo (Ávila), con 39.570 hectáreas afectadas; el incendio más mortífero de la historia, en Gallardos (Almería), con 13 personas fallecidas; el mayor incendio registrado en Andalucía, con 40.100 hectáreas; el mayor de Castilla-La Mancha, con 32.100 hectáreas; el mayor incendio de la historia de la Comunidad de Madrid, con más de 25.000 hectáreas, y el segundo incendio más grande registrado en Aragón, con 18.000 hectáreas afectadas.
Ante tales dimensiones, la organización advierte que hay que evitar sumar más catástrofes: «Es necesario salvar el agua y el suelo de los procesos erosivos, y hay que evitar que las cicatrices del fuego generen más impactos a la población y a la biodiversidad. Sobre todo, ante incendios cada vez más grandes y severos», en palabras de Parrilla.
MEDIDAS PARA FRENAR EL AVANCE DEL SEDIMENTOS Y LA EROSIÓN DEL SUELO
Tras un gran incendio, el debate público suele centrarse en la recuperación, restauración, costes, etc. Sin embargo, el debate olvida una fase decisiva: las actuaciones de emergencia para estabilizar el terreno y prevenir la contaminación de cursos de agua, conservar el suelo y evitar procesos erosivos e irreversibles de degradación, en un país con más del 70% de su territorio en riesgo de desertificación.
«Hay que recordar que el suelo es un recurso prácticamente no renovable, del que depende la vida y cuya conservación es esencial: la FAO estima que formar apenas 2–3 cm de suelo fértil puede requerir hasta 1.000 años, mientras que su pérdida por erosión puede producirse en muy poco tiempo», advierte la experta de Greenpeace.
Entre las medidas de estabilización de emergencia destacan aquellas centradas en laderas y zonas de fuerte pendiente. Estas actuaciones deben priorizar la instalación de acolchados (mulching) y otras estructuras de retención, como fajinas, diques y barreras con troncos y ramas, correctamente diseñadas para frenar los arrastres de sedimentos. Estas se complementan con la protección puntual de cauces, drenajes y obras de paso para evitar colmataciones, así como con el control de procesos erosivos concentrados, como regueros, cárcavas o pequeños deslizamientos.
Existe un amplio consenso científico en que el mulching constituye una de las medidas de emergencia posincendio más eficaces para conservar el suelo, ya que reduce significativamente la erosión y la escorrentía, mejora la infiltración y acelera la recuperación funcional del ecosistema, especialmente durante el primer año tras el incendio, cuando el riesgo de pérdida irreversible de suelo es máximo.
Según un estudio publicado en 2022, tras el gran incendio de Ponte Caldelas (Galicia), las actuaciones de restauración realizadas por voluntariado y coordinadas por personal técnico demostraron ser muy eficaces para frenar la degradación del suelo. La aplicación temprana de mulch redujo la erosión entre un 76% y un 95% durante el primer año tras el incendio y mantuvo reducciones de entre el 74% y el 87% en el segundo año, confirmando que una respuesta rápida y basada en criterios científicos es clave para minimizar los daños posteriores al fuego.
Una de las experiencias más recientes es la del incendio de Las Médulas (León), en 2025, donde un informe coordinado por el CSIC y elaborado por más de 70 especialistas en incendios, biodiversidad, geología, hidrogeología, drones y riesgos sociales confirmó la eficacia de las actuaciones tempranas de estabilización. Entre ellas destacó la aplicación de mulch con paja agrícola en las zonas más afectadas, una técnica que consiguió reducir la erosión del suelo en una media del 85%, demostrando su capacidad para minimizar los impactos ambientales y favorecer la recuperación del territorio.
A pesar del consenso científico y técnico, las medidas de estabilización de emergencia posincendio siguen siendo una asignatura pendiente. Ante la magnitud de la superficie quemada, hay que actuar donde más se necesita y hacerlo a tiempo. La priorización debe basarse en criterios técnicos, destinando recursos a las zonas con mayor riesgo de pérdida de suelo, contaminación de cauces y embalses y afección a abastecimientos de agua, espacios protegidos y áreas de elevada pendiente.
Se hace necesario desarrollar e implantar una metodología común y protocolos operativos de evaluación rápida del impacto inmediato de los incendios forestales, que permitan apoyar de forma eficaz la toma de decisiones sobre actuaciones urgentes de estabilización posincendio y evitar que un incendio forestal se convierta también en una crisis de erosión, desertificación y deterioro de los recursos hídricos.





Si además se toma nota del desastre que han sido las leyes que prohíben las actuaciones de limpieza de bosques y las trabas burocráticas que sufren agricultores y ganaderos para mantener limpias zonas de cortafuegos, cauces de ríos, zonas agrícolas abandonadas…… El mundo rural y forestal necesita un replanteo total, pero escuchando a las personas que siguen viviendo en los pueblos pequeños y conocen el territorio. Ya basta de decisiones tomadas en despachos por funcionarios que no saben ni donde están los territorios sobre los que se atreven a legislar. No puede haber una ley global para todos. Cada territorio tiene sus particularidades y hay que trabajarlos uno por uno. Quizá es mucho pedir para los políticos actuales que no tienen ni formación ni ganas de trabajar.