Ángel Samper Secorún / Secretario General  Asaja Aragón

-Tenemos un plan: 2050 queda lejos, pero tenemos un plan RE DON DO. -El orador hace una estudiada pausa mientras contempla la sala abarrotada de público-. No se trata de adelantarse al tiempo y al espacio como Julio Verne. Nuestro objetivo es mucho más ambicioso. ¡Se trata de abandonar el presente!. Este tiempo nos está matando. Demasiadas tormentas, demasiados problemas. ¡Acabemos, pues, con el presente y abordemos sin más el futuro!. El espíritu de la transición ha sido ejemplar, pero nos ha llevado demasiado tiempo darnos cuenta que para llegar al futuro no hacen falta transiciones sino transacciones!.-Ovación cerrada-.

Entre las butacas se levanta tímidamente una mano. El orador, sorprendido, sonríe desde el estrado a la persona que emerge desde la masa.

-¿Puedo decir algo?… ¿qué haremos entonces con los fondos europeos?. ¿Qué haremos con las transiciones digitales, ecológicas, demográficas, energéticas?.

El orador se revuelve incómodo y su voz se vuelve aguda y desagradable.

−Les he dicho que éste es un plan redondo. Está todo bien pensado y meditado. Los fondos y las transiciones no se llevan bien. ¿Para qué son los fondos sino para las transacciones?. Hemos debatido largamente con la Comisión y hemos concluido que son las comisiones las que nos llevarán al tan deseado objetivo. La transición digital es una pérdida de tiempo. Necesitamos centrarnos en los dígitos. ¡Los dígitos son el futuro y la garantía de nuestro bienestar!. -Recibe el aluvión de aplausos con una estudiada pose: la mano en el corazón y una leve inclinación hacia su público-.

-Disculpe… –insiste tímidamente el personaje preguntón, mientras se vuelve a levantar de su asiento.- Vuelvo a pedir la palabra. ¿En los pueblos y los territorios, donde las transacciones no llegan, qué va a pasar con el reto demográfico?; ¿qué va a pasar con nuestro futuro?, ¿y qué futuro tienen los ganaderos con su propuesta para el 2050 de no comer carne? ¿qué van a hacer con sus animales?”…

-Pero ¿por qué tiene usted tanto empeño en poner problemas a nuestro plan? – le corta airado el orador-. Con las transiciones, el reto demográfico se ha convertido en un roto demográfico. El objetivo de las transacciones es gestionar todo para que usted lo tenga TODO y no tenga necesidad de pensar. Los ganaderos serán “ganaeuros”. El hombre dejará de preocuparse por los animales porque ya no pensará en el animalismo sino que se transformará en el animal mismo. -miradas de extrañeza y murmullos entre las butacas-. Y no se preocupen porque los pueblos no se abandonarán. ¡Vamos a pagar para que la gente vaya a los pueblos!.

-¿Y no sería más fácil ayudar a los que siempre han vivido ahí, para que no se vayan? -el público desconcertado, se gira buscando al personaje que, a fuerza de preguntar, ha dejado de ser anónimo. De mediana edad, la mirada franca y limpia; una frase “quiero vivir en mi pueblo” destaca sobre el fondo blanco de su camiseta-.

-Les pagaremos para que vuelvan -miente el orador- pero antes será bueno que se vayan para que dejen de protestar. ¡Ustedes se quejan de todo! ¡que si los lobos atacan sus rebaños; que si vale menos la leche que el agua; que si no les dejamos producir; que si lo queremos pintar todo de verde; que si necesitan agua para regar; que si mucha burocracia! ¡Ya está bien! -dice, dando un golpe con fuerza en el atril, mientras pierde los papeles que se caen al suelo-, pero ustedes, “los rurales”, ¿qué se han creído?. -Recoge desganado las hojas sin saber bien cómo concluir.-

El público, sin embargo, se muestra entusiasmado. Ahora el protagonista es otro y permanece en pie junto a su butaca, en el fondo de la sala.

-También yo estoy enfadado y ya no pido permiso para hablar. No nos hemos creído nada de lo que usted dice. ¡Ése es el problema! ¿No sería mejor que nos comportásemos todos como seres humanos y no como animales?

-¿Me está usted llamando animal?. -le grita fuera de sí mientras hace un gesto a las Fuerzas del “Orden” para que actúen.

Una jauría de gorilas se dirige hacia donde estoy. Conforme se van acercando un sonido doméstico familiar va creciendo en mis oídos. Cuando están a punto de echarme las manos al cuello, identifico el sonido de una lavadora.

Despierto de repente. Me late desaforadamente el corazón. Miro el reloj de la mesilla. Marca las 00:00 horas. Pistoletazo de salida de la tarifa nocturna. La Thermomix, la lavadora, el friegaplatos, la campana, el horno, la batidora, el microondas, la aspiradora, el aire acondicionado, el equipo de música; en el piso de arriba todo ha despertado de repente. El sueño del futuro se ha disipado entre el inusitado fragor de todo su ejército de electrodomésticos. Estoy confuso. No sé si protestar o agradecerles a los vecinos que me hayan sacado de esta pesadilla. He subido a hablar con ellos. Son buena gente. Se habían bajado a echar unos vinos. Es la abuela con los cascos puestos quien me ha recibido. Ella sola está manejando todo el equipo. Manolo, el del bar de abajo, ha visto la oportunidad con las nuevas tarifas y oferta todo a unos precios ridículos. No se me ocurre nada mejor que sumarme a ellos.

Conforme entro al bar, abarrotado de gente, Manolo se dirige hacia mí con los brazos abiertos -¡Negocio redondo! -me dice, mientras me encuentro con la sonrisa del orador que está dando cuenta de un buen chuletón.