José Vicente Andreu / Presidente de ASAJA Alicante

La invasión del ejército ruso al estado soberano de Ucrania va a transformar nuestro mundo. Mientras algunos pensadores ven esta guerra como el evento que desata todas las rupturas geopolíticas y económicas latentes, los europeos empezamos a sentir los efectos comerciales de esta absurda guerra que ya se ha cobrado la vida de cientos de civiles ucranios por el delirio nacionalista de Vladímir Putin. Nuestra Historia ha vuelto a manifestarse en formas que creíamos enterradas para siempre, revelando que tan sólo hibernaban.

Ucrania es un inmenso maizal que genera el 15% de las exportaciones mundiales de maíz. Este cereal, al igual que ocurre con el trigo, el centeno o la cebada, necesita lluvia y grandes extensiones para resultar rentable, razón por la que sus exportadores netos se localizan en latitudes altas. El cinturón ecuatorial y subtropical, donde se concentran los países de rentas medias y bajas, importan más de lo que venden. España es uno de los estados más dependientes del grano ucranio en la cuenca mediterránea y el cuarto cliente mundial del maíz que produce el país invadido. Les compramos el 30% del maíz y el 60% del girasol que consumimos.

Rusia y Ucrania mueven desde los puertos del Mar Negro, hoy inutilizados, el 30% de la exportación mundial de trigo. Los cereales de ambos países viajan hasta Egipto, Indonesia, Nigeria, Sudán o Marruecos, enormemente dependientes del grano de los dos estados en conflicto. Otros exportadores netos europeos, como Hungría, Bulgaria o Turquía, recortan sus ventas exteriores para asegurar el consumo interno. Argentina, gran productor de cereal, toma la misma dirección. El mercado global de cereales afronta tensiones brutales mientras el Mediterráneo y Oriente Medio tienen reservas para un mes: tras él, esperan precios que la semana pasada eran un 20% superiores al día previo a la invasión y que hoy ya rebasan el 27%.

El cereal está en la base de toda alimentación: va a subir el pan. Y con él toda la cesta de la compra, porque esta guerra entre gasolineras y maizales distorsiona los mercados esenciales que sostienen todas las actividades económicas. Dentro de unos días, cuando suban precios, se agraven los racionamientos de aceite de girasol, de pasta y quizá de cerveza; recordaremos las consecuencias que trae el descuido de lo más esencial del trabajo humano, el sector primario. Porque también faltará carne. Nuestro sector ganadero llega a esta nueva crisis en situación de muerte clínica y sin capacidad para afrontar subidas del 30% en los piensos, donde el insumo maíz es la base de todos los productos.

La semana pasada, un grupo de cerealistas de Villena se bajaron del tractor. Ni con el grano un 27% más caro les sale rentable poner gasoil en las sembradoras. El cereal que se consume en España pierde con ello cientos de hectáreas de la insuficiente producción nacional. Los cerealistas, como otros agricultores, han sobrevivido a la pandemia, a la sequía y al salvaje aumento de costes, pero la resiliencia tiene un límite. ASAJA Alicante alerta desde hace meses de la enorme presión que sufren nuestros productores, pero nadie escucha la voz del campo.

Cuando algunos citricultores decidan que ha llegado la hora de apagar el riego por el precio de la energía, nuestros competidores en Marruecos, Egipto y Sudáfrica inundarán el mercado con productos sin controlar gracias a la indolencia política y la hipocresía de algunos importadores. En la tercera crisis económica que se solapa este siglo con la estructural del campo, los agricultores y ganaderos dejarán de poder pagar agua a precio de gasolina y piensos y fertilizantes desatados, y España perderá el control de lo que produce y lo que come. Si no cuidamos nuestro campo, que sólo exige la misma solidaridad y las mismas normas que cualquier otra industria pese a ser esencial como ninguna otra, quedaremos a expensas de terceros y de los caprichos de una geopolítica que no atiende a razones.

Por eso no comprendemos cómo nuestros políticos se dan el lujo de poner en riesgo la agricultura, que en nuestro caso tiene el privilegio de desarrollarse en la zona donde más productiva es la radiación solar en el país. Necesitamos agua, inspectores que velen por la Ley de Cadena Alimentaria y una regulación adaptada a los ciclos naturales y no a los horarios de oficina. De forma trágica, la realidad nos vuelve a demostrar lo que pasa cuando se juega con las cosas de comer.