José Manuel de las Heras /  Coordinador Estatal de Unión de Uniones

Estos días se está celebrando la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Clima en Glasgow (COP26) y, como ha ocurrido en otras cumbres, la mayoría de los líderes políticos siguen insistiendo en la necesidad de que se reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero.

Desde el sector agrícola y ganadero siempre seguimos con atención estas cumbres. A veces parece que todo se queda en un macroselfie de gobernantes sonrientes en torno a un documento plagado de circunloquios voluntaristas, pero a la corta o la larga, lo que allí se decide acaba afectándonos como productores y como ciudadanos.

Los agricultores y ganaderos llevamos mucho (desde el Neolítico, más o menos) comprometidos con el entorno en el que desarrollamos nuestra actividad, pero es innegable que en estos últimos años el respeto a la biodiversidad, el aprovechamiento sostenible de los recursos y la lucha contra el cambio climático se han incorporado como elementos de gestión ordinaria en nuestras explotaciones.

Así, el estudio para la Comisión Europea acerca del impacto de la PAC sobre el cambio climático, señalaba el buen trabajo llevado a cabo por el sector agrario y ganadero en la lucha contra el cambio climático: decía que la PAC habría conseguido reducir las emisiones agrarias en un 4,6% en comparación con una línea de base sin la PAC.

Y hay cosas que aún se pueden hacer. Los del campo, estamos bien dispuestos a utilizar todas las herramientas que la ciencia, la tecnología y la política pongan a nuestra disposición para contribuir a los objetivos climáticos de manera responsable y proporcional.

Por ejemplo, según la FAO, innovando en los sistemas de manejo ganadero podemos reducir las emisiones entre un 20 y 30%. Lejos de la criminalización que se quiere hacer de nuestra actividad, en España ya se está trabajando en esa línea.

Pero cuidado, porque en nuestro entorno, la Unión Europea, tenemos una de las intensidades de emisión más bajas del mundo. Somos mucho más eficientes en términos ambientales que otras grandes potencias y por eso generamos menos emisiones por unidad de producto final.

Y eso, por supuesto, tiene sus costes. Unos costes que si nosotros, los productores europeos, asumimos mientras otros escurren el bulto, nos acaba acarreando pérdidas de competitividad en los mercados, en un esfuerzo, además, estéril.

Porque en nuestra voluntarista autoexigencia, no debemos olvidar que el 80% de las emisiones de GEI de la ganadería se originan en los países en vías de desarrollo (FAO). Pretender mitigar el cambio climático mirándonos solo nuestro eurocéntrico ombligo es un ejercicio inútil.

Todo esto lo traigo a cuento porque en el macroselfie de Glasgow ha faltado China, el primer contaminante del mundo y de quien dependen casi el 30% de las emisiones mundiales de CO2. La India, la cuarta en el ranking, también ausente, ha venido a decir que para esto de la neutralidad del carbono le esperamos para el 2050, que ahora le viene mal por lo de desarrollarse y esas cosas. Y quien le sigue, Rusia, se apunta a lo mismo, pero 10 años más tarde.

Por tanto, podemos gretathunbergizar el discurso contra nuestro modelo productivo para seguir metiéndole más y más vueltas de tuerca a los ganaderos y a los agricultores europeos, pero será un error mayúsculo mientras no exista un verdadero compromiso global y solidario para poner de limpio el planeta. Estamos en una situación de desventaja competitiva y, por eso, para presionar a los países más rezagados se tendría que tener en cuenta esta falta de compromiso en las relaciones comerciales con ellos. En esto, o jugamos todos… o la baraja se va a acabar rompiendo por el palo más débil.