José Ángel Carrillo / Ingeniero agrónomo en Incatema
Durante décadas hemos contemplado el suelo agrícola bajo una óptica estrictamente utilitarista, como un mero soporte físico donde anclar las raíces y aplicar los inputs necesarios para maximizar el rendimiento de las cosechas. Este modo de trabajar la tierra, con los desafíos que impone la crisis climática actual, exige un cambio radical de perspectiva. Ya no podemos dar continuidad al paradigma de la ciencia del suelo como una ciencia meramente productivista, porque el suelo vivo es hoy nuestra primera línea de defensa y uno de los sumideros de carbono más potentes y desaprovechados del planeta.
En este sentido, la agricultura regenerativa no surge como una moda pasajera, sino como una necesidad agronómica inapelable. Frente al modelo intensivo tradicional que acelera la degradación de la materia orgánica y debilita la biodiversidad edáfica, las prácticas regenerativas proponen devolverle al suelo su funcionalidad biológica natural, como ya hace Incatema en varios de los proyectos que desarrolla en África. Reducir o eliminar el laboreo excesivo, mantener cubiertas vegetales vivas durante todo el año e introducir rotaciones de cultivos complejas no son solo técnicas de conservación. Son los mecanismos biológicos mediante los cuales transformamos tierras emisoras de gases de efecto invernadero en auténticas reservas de carbono orgánico estable.
El secuestro de carbono como eje transversal
El secuestro de carbono, lejos de ser un concepto abstracto, está perfectamente definido. A través de la fotosíntesis, las plantas capturan dióxido de carbono atmosférico y una parte significativa de ese carbono se transfiere a la rizosfera en forma de exudados y residuos orgánicos, alimentando a una red trófica subterránea de microorganismos que fijan el elemento en formas complejas y duraderas. Desde nuestra labor cotidiana en el ámbito de la consultoría de ingeniería y el desarrollo rural, constatamos que cuando integramos este enfoque en la gestión agronómica a gran escala, el impacto sobre la mitigación del cambio climático es directo. Cada décima de porcentaje que incrementamos de materia orgánica en el suelo, mediante el manejo regenerativo, representa miles de toneladas de carbono secuestradas lejos de la atmósfera, al tiempo que mejoramos drásticamente la capacidad de retención hídrica —un factor crítico en áreas sometidas a estrés hídrico crónico— y la resiliencia frente a fenómenos meteorológicos extremos .
Hacia un nuevo paradigma agronómico
El reto al que nos enfrentamos los profesionales del sector no es técnico, sino de escala y transición. Demostrar que la rentabilidad económica y la regeneración ambiental pueden ir de la mano es indispensable para que agricultores y gestores den el paso definitivo. Las herramientas tecnológicas actuales y la digitalización aplicada al seguimiento agroindustrial nos brindan una precisión sin precedentes para medir, verificar y certificar este secuestro de carbono en campo. El objetivo es claro e ineludible. Se trata de transitar hacia sistemas agroalimentarios que no solo produzcan alimentos suficientes para una población creciente, sino que activamente reparen los ecosistemas de los que dependen. El futuro de la agricultura pasa ineludiblemente por mirar hacia abajo, reconstruyendo el suelo para estabilizar el clima.


