Carmen Quintanilla Barba / Vicepresidenta de mayores de la Partido Popular Europeo (ESU) y parlamentaria honoraria del Consejo de Europa

 Así de triste y así de duro. Este es el grito ahogado que desde todos los rincones del mundo estamos lanzando los más mayores, porque observamos perplejos cómo este covid-19 está arrasando con nosotros sin que los países hayan aprendido como plantarle cara a este virus nuevo que en unos meses ha sembrado el caos y nos ha puesto ante nosotros el mayor reto global desde la reconstrucción tras la II Guerra Mundial.

Esta crisis está poniendo a prueba nuestra capacidad para cooperar, para trabajar de forma común y hasta de utilizar los balcones como lugar de encuentro y reconocimiento a quien con su trabajo está combatiendo esta pandemia jugándose su vida y arriesgando la salud de sus allegados. No podemos escatimar en medios técnicos, medios humanos y en material de protección básica para evitar su contagio. Un 12% de los infectados en nuestro país son sanitarios.

Seguimos con miedo las noticias que hoy no sólo bombardean nuestros telediarios, sino también las pantallas de nuestros teléfonos y nuestras redes sociales; y ocurre, entre otras cosas, porque entre tanta información sigue faltando la oficial, la que debería servir para tranquilizarnos y para explicarnos la verdadera magnitud del problema al que nos enfrentamos.

A lo largo de estas semanas el Gobierno de España no está actuando con la prontitud y capacidad que se necesitan. Las medidas están llegando a cuenta gotas, empujadas por las necesidades a las que nos enfrentamos y que desde el primer momento debieron basarse en las que en China han servido para poner fin a este problema. Necesitamos medidas drásticas, que cierren a cal y canto cada rincón de España, preservando únicamente los servicios básicos, porque cada persona que no se contagia es la mejor medida para cortar esta pandemia y será el camino más rápido para regresar a la normalidad social que ahora echamos de menos.

Del mismo modo, hemos venido escuchando una y otra vez en las comparecencias del presidente del Gobierno, que “haremos lo que haga falta, donde y cuando sea necesario” y a estas alturas nos preguntamos qué más se necesita para poner a disposición todo lo que tenemos para poner freno a este gravísimo problema, sin contar con algo tan básico como son los test para confirmar los nuevos enfermos, haciendo que los más mayores hagan cola esperando que les llegue su diagnóstico.

Desde el primer momento, antes de que hubiese ningún infectado en España, allá por el mes de enero, se venía avisando que los mayores eran los más vulnerables a este nuevo virus, y no ha sido hasta este domingo, con más de 28.572 infectados en nuestro país, cuando el Gobierno ha anunciado medidas para llegar con más efectivos a las residencias públicas y privadas de nuestro país, donde la situación es ciertamente dramática y alarmante.

La falta de previsión ya se ha cobrado la vida centenares de ancianos, que no han tenido acceso a las pruebas diagnósticas y cuyas defunciones han computado como muertes por otras causas. No hay cifras oficiales que servirían para certificar el daño real que el covid-19 está generando entre los mayores. Residencias de diversas provincias como Vitoria, Ciudad Real, Barcelona, Valencia y Alicante han visto como el virus ha sembrado el caos, propagando las muertes entre los residentes.

Pero también debemos velar por aquellos mayores que viven solos, que no tienen acceso a servicios básicos, ni tienen capacidad para la conectividad en las nuevas tecnologías que les harían sentirse arropados por la sociedad. Este problema es más grave en el medio rural, y por desgracia nadie está hablando de ellos.

Nuestros mayores crecieron en un entorno hostil, primero soportando las carencias y las heridas de la Guerra Civil Española y justo cuando ésta terminó, sufriendo las consecuencias de la II Guerra Mundial, que cambió para siempre la idiosincrasia mundial. Hoy se despiden del mundo de la misma forma cruel, sin poder sentir el último abrazo, la última despedida cariñosa que se merecen.

No nos dejen morir. Hagan todo lo que sea necesario porque mañana será tarde.

Por nuestros mayores, por todos, debemos ser generosos, quedarnos en casa y ver desde la ventana como la tormenta pasa y el arcoiris nos invita a salir de nuevo a nuestras calles, para abrazarnos, para brindar y para disfrutar de la vida, porque entre otras cosas, la primavera se inventó para compartirla.