EFE.- Una carretera que no se llena de ganado ni ganaderos, sino de apicultores que en sus camiones y vehículos todoterrenos transportan colmenas para colocar en alguno de los montes de la comarca.

Municipios como Fontanarejo, Piedrabuena, Retuerta del Bullaque, Anchuras, Navalpino, Arroba de los Montes, Horcajo de los Montes, Navas de Estena o Alcoba de los Montes, donde florecen con vigor plantas como la jara y el romero, son el principal destino de muchos colmeneros.

Gran parte de ellos provienen de zonas de Extremadura, donde en los últimos años la apicultura ha experimentado un gran incremento como consecuencia de las ayudas institucionales para su fomento.

El espíritu emprendedor de vecinos de los municipios de la parte este de la provincia de Badajoz y la tradición que siempre ha existido en esa provincia por la apicultura les han llevado a extender su actividad hasta las zonas de monte más cercanas de la provincia de Ciudad Real.

Los ayuntamientos ciudadrealeños, conscientes del interés que despiertan sus montes entre estos apicultores, han comenzado a ofertar zonas para ubicar las colmenas y han modificado sus ordenanzas municipales con el fin de abrir nuevas vías de recaudación municipal a través del cobro de impuestos, que les permite obtener dinero extra para las arcas municipales.

Jesús Víctor García, apicultor de Arroba de los Montes, explicó ayer a Efe que cada vez son más los apicultores que llegan de la provincia de Badajoz para instalar sus colmenas en la de Ciudad Real y que, ello, ha provocado que algunos Ayuntamientos tomarán la decisión de «cobrar» por poder instalar colmenas en los terrenos que forman parte del patrimonio municipal.

García advirtió que, aunque abre nuevas fuentes de ingresos para esos municipios, también puede tener unas consecuencias muy negativas para los colmeneros tradicionales de estos municipios que, hasta ahora, hacían uso de sus montes sin tener que pagar impuestos.

«Si los colmeneros tradicionales ya estaban en peligro de extinción, porque sólo quedan unos pocos en cada pueblo, en algunos ninguno, y donde quedan, estos suelen tener una edad avanzada, el que tengan que pagar impuestos por llevar a cabo una actividad tradicional puede certificar su final», reflexionó.

Y apuntó que los nuevos sistemas de aprovechamientos que se utilizan en las explotaciones apícolas «no tienen cabida para los colmeneros tradicionales, que siguen empleando métodos tradicionales para la recolección de la miel».

Ese cambio de modelo de explotación, centrado más en la comercialización a gran escala, según García, «hará que se pierda una cultura muy rica que desde siglos se ha venido transmitiendo de generación en generación en estos pueblos».

Los colmeneros tradicionales nunca han enfocado esta actividad pensando en hacer de ella su forma de vida, sino que siempre han tenido entre 10 y 40 colmenas, lo que les permitía surtir de miel a los familiares y vecinos del pueblo.

Muy distinto es lo que ocurre con los actuales colmeneros, casi todos de otras provincias, que suelen tener entre 1.000 o 2.000 colmenas y que, incluso, están aumentando estas cantidades, debido a que muchos, a causa de la crisis, reconoció García, están incorporando a la actividad a todo el grupo familiar.

Los colmeneros tradicionales se están viendo «desplazados» por aquellos que buscan rentabilizar comercialmente más su actividad, avisó García, quienes instalan sus colmenas en los lugares más accesibles para sus medios de transporte y dejan los lugares más accidentados del terreno para los tradicionales.

Una situación que está «alejando» a los colmeneros tradicionales de la actividad, por lo que «sería necesario que la administraciones estudiaran fórmulas para lograr que se pudieran compaginar ambos modelos de explotación de la miel», opinó.

Concluyó que el futuro de la apicultura tradicional depende, a su juicio, de que quienes han venido practicando ancestralmente esta actividad la puedan seguir haciendo sin perjuicios económicos, ni que tengan que desplazarse fuera de sus lugares habituales.