El método consiste en introducir en el agua durante cinco minutos una fina lámina creada por los investigadores. Si se torna roja, es señal de que hay mercurio. “Los cambios se aprecian a simple vista, y cualquier persona, sin conocimientos previos, puede saber si un recurso hídrico está contaminado con mercurio por encima de unos límites determinados”, señala el profesor García.

    Además, si se fotografía la lámina con una cámara digital, como las de los móviles o las tabletas, se puede saber la concentración de este metal. Solo hace falta un software de  tratamiento de imagen –el equipo ha usado el programa GIMP de acceso abierto– para ver las coordenadas de color. Después, se compara el resultado con unos valores de referencia.

    En la membrana se incluye un compuesto orgánico fluorescente, la rodamina, como sensor del mercurio. “La rodamina es insoluble en agua –comenta el profesor–, pero la anclamos químicamente a una estructura polimérica hidrofílica, de tal forma que cuando se introduce en el agua, se hincha y las moléculas sensoras se ven forzadas a permanecer en el medio acuoso e interactuar con el mercurio”.

    La composición exacta de la lámina se puede ajustar a los parámetros deseados. En concreto, los investigadores la han calibrado para que cambie de color si se superan los límites establecidos por la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) de Estados Unidos: 2 ppb (partes por mil millones) de mercurio divalente –Hg(II), una de las formas más reactivas– en aguas destinadas al consumo humano.

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