Manuel Altava / Tesorero y citricultor de ASAJA-Sevilla
Durante los últimos días, Europa, España y Andalucía han sido testigos de un fenómeno que trasciende lo puramente económico: un grito de auxilio que nace de la tierra y resuena en las ciudades. Ante el brutal atropello de la inteligencia y de los derechos de los agricultores y ganaderos, perpetrado por una casta política que parece representarse únicamente a sí misma y a sus indecentes intereses, hemos recibido incesantes muestras de apoyo. No vienen solo de quienes visten el mono de trabajo o calzan botas de campo; vienen de todo tipo de profesionales, médicos, abogados, carpinteros, ingenieros, economistas… La razón es simple y, a la vez, profunda: todos somos campo. El destino del que labra la tierra es el destino del que diseña un edificio o del que opera en un quirófano, porque todos, sin excepción, comemos lo que la tierra nos entrega, lo que el campo nos da.
Cuando el campo se desangra por sus terrones, se desangra la nación entera.
El negocio de la «verdad» frente al fango administrativo
Hace poco, recorría nuestras explotaciones con una persona que ha pasado más de veinte años en el corazón financiero del mundo, trabajando para grandes consultoras en Nueva York. El día no era el mejor (con mucha lluvia y barro de verdad), por lo que me asombró más si cabe su entusiasmo: disfrutaba de la visita porque, según me decía, hacía tiempo que no veía un «negocio de verdad». Crear algo de la nada, transformar la semilla en fruto, es la esencia de la economía real.
Sin embargo, esa «verdad» es precisamente lo que el poder político busca arrebatarle al sector primario. Hemos permitido que una burocracia asfixiante, un laberinto de requisitos, normas y leyes ideologizadas, convierta la labor del agricultor y ganadero en una carrera de obstáculos imposible de ganar. La carga administrativa no es una herramienta de control; es un secuestro. Tanto el agricultor como el ganadero ya no tienen tiempo para sus cultivos porque deben dedicar sus días a gestionar el «fango» documental e ideológico que emana de Bruselas y Madrid.
Para nosotros el trabajo es simplemente una forma de vida, no una carrera de obstáculos burocráticos. Pero hoy, la posibilidad de que esa vida sea un negocio viable se aleja cada día más, de forma proporcional a la obsesión de los políticos por regular lo que no comprenden, o no quieren comprender, que es peor.
La estocada final: El acuerdo con Mercosur
En este escenario de debilidad provocada, surge la gran amenaza geopolítica: el tratado con Mercosur. Mientras la Unión Europea impone a nuestros productores unas exigencias medioambientales y sociolaborales que rozan el absurdo, los mismos políticos que firman esas leyes se preparan para abrir las puertas de par en par a productos que no cumplen ni una décima parte de esos requisitos.
El acuerdo con el bloque sudamericano (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay) podría haber sido una oportunidad, pero se ha convertido en la máxima expresión del sectarismo y la incompetencia que denunciamos. Es una competencia desleal institucionalizada. Se nos exige ser «verdes» hasta la indigencia, mientras se facilita la entrada de carne y grano de países que compiten con reglas de juego totalmente distintas. Es, en esencia, importar lo que prohibimos producir aquí, destruyendo nuestra soberanía alimentaria en el proceso.
Los agricultores andaluces y españoles no tememos competir, siempre lo hemos hecho, pero nos negamos a ser sacrificados en el altar de unos despachos que han decidido que el campo es un decorado paisajístico y no un motor estratégico. El Mercosur no es solo un tratado comercial, es el símbolo de una traición a la «verdad» de la que hablaba mi amigo consultor.
Andalucía y España: Raíles de incompetencia
Andalucía y España son ese campo que hoy se desangra por los raíles de la incompetencia, el sectarismo, y la corrupción de espíritu que inevitablemente conduce a la que nos roba el futuro y a la que nos están acostumbrando. No podemos permitir que la agricultura se convierta en una actividad de «rehenes» de la subvención o de la burocracia hostil.
La casta política debe entender que el sector primario es uno de los últimos reductos de la economía real. Si cae el campo, cae la libertad de todos los trabajadores. La solidaridad que estamos recibiendo de profesionales de todos los ámbitos demuestra que la sociedad civil empieza a despertar. Hemos comprendido que, detrás de cada regulación asfixiante y de cada acuerdo internacional como el de Mercosur, no hay una intención de mejorar el mundo, sino de perpetuar un sistema que desprecia el esfuerzo y la creación de riqueza real. Es hora de volver a la tierra. Es hora de defender el negocio de la verdad frente a la mentira del despacho. Porque, al final del día, todos somos campo.
