Dicen que en política lo importante es que se hable de uno aunque sea bien, porque mal siempre lo van a hacer. Y para bien y para mal del ministro de Agricultura, Medio Ambiente y Alimentación, Miguel Arias Cañete, se está hablando demasiado de él en estos últimos días. Lo triste es que no se hace de su política, que en este país, pese a depender en gran medida de su agricultura y ganadería, no parece importarle mucho lo que sucede en el campo, sino por dos comentarios que, como siempre pasa, se han sacado de contexto y le han dado un protagonismo que pude provocar que, como en el dicho, las ramas no dejen ver el bosque de su trabajo.

    Nadie duda de que Miguel Arias es todo un profesional de su materia y que, gusten más o menos sus decisiones, no ha dudado, ni en su anterior periodo ni en éste, en afrontar cuantos retos se le pongan por delante y, lo que es más importante, cuantos retos se ha impuesto él a sí mismo en sacar adelante. Pero como buen jerezano y andaluz es, a la vez, una persona dicharachera, cercana y con un sentido del humor que en ocasiones no se suele entender. Su comentario sobre que se comía los yogures caducados o el más cercano en el tiempo de que se ducha con agua fría para ahorrar agua y energía le han llevado a la palestra de los medios de comunicación, que sin embargo no hablan del resto de retos que ha tenido y tiene por delante.

   Miguel Arias, como buen político, pasará a la historia no por lo que come o cómo se ducha, sino por el legado que va a dejar al frente de su Ministerio. Y este legado –insisto en que puede gustar más o menos, porque no siempre todo el mundo puede estar de acuerdo–  es el de alguien  que en poco más de un año está afrontando una Norma del Ibérico que nadie pensaba que podría salir adelante o una Reforma de Evaluación Medio Ambiental que va a provocar muchos debates pero que había que hacerla para regular, en un  sentido o en otro, muchas cuestiones que estaban en el aire y que nadie era capaz de afrontar.

    Prepara un Plan Hidrológico que va a provocar más que ampollas, pero que al igual que la anterior era necesario hacer frente y de cuyo resultad depende el futuro de mucho agricultores. Ha sacado una Ley Alimentaria que va mucho más allá de cambiar la fecha de caducidad de los yogures o de saber evitar las miles de toneladas de alimentos que se tiran a la basura mientras la gente no tiene qué comer. Prepara una Ley de Denominaciones de Origen e IGP que sólo nombrarla ya ha provocado  más de un enfado, pero, como tantas otras propuestas, es necesario regular para que en este país cada cual no siga haciendo la guerra por libre y se aúnen esfuerzos comunes en beneficio de todos.

    Todavía queda mucha legislatura y otras cuestiones no han gustado tanto, como los recortes agrarios o en materia de sanidad animal, pero no cabe duda de que Miguel Arias ha llegado al Gobierno para intentar poner orden en ese bosque enmarañado que es la agricultura y la ganadería de este país. Acertará o no y, posiblemente, como siempre sucede, acabará alabado y defenestrado por uno y otros, pero ése es su trabajo. Por eso, no nos quedemos en las ramas y pensemos y valoremos en lo que hay debajo de ellas, que es donde se cultiva el futuro de este país.

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