José Guaita / Socio director de Heura Gestión Ambiental entidad administradora de AEVAE
Durante años hemos hablado de reciclaje poniendo el foco principalmente en el final de la vida útil de los envases: cómo recogerlos, dónde depositarlos y cómo gestionarlos una vez convertidos en residuos. El nuevo Reglamento europeo de Envases y Residuos de Envases (PPWR) nos obliga a ampliar esa mirada y detenernos en el propio diseño del envase, su puesta en el mercado, la responsabilidad de quienes lo introducen en la cadena de suministro y su capacidad para demostrar que cumple los requisitos establecidos.
Esta transformación afecta de manera directa a las empresas del sector agropecuario. Fabricantes, importadores, envasadores y comercializadores tendrán que analizar los envases con los que trabajan a la luz de un marco europeo que introduce nuevos requisitos y que persigue reducir los residuos, mejorar la reciclabilidad y favorecer la incorporación de materiales reciclados.
Desde AEVAE conocemos bien la complejidad de esta realidad. Trabajamos diariamente con los envases utilizados en el ámbito agrícola y ganadero, y sabemos que hablar de «envases» significa hablar de realidades muy diferentes. No todos cumplen la misma función, ni generan las mismas obligaciones para las empresas que intervienen en su fabricación, comercialización y uso.
Aquí aparece una distinción especialmente relevante que conviene tener clara: fabricante y productor de producto no son necesariamente la misma figura. El fabricante es quien responde de la conformidad del envase con los requisitos que le resulten aplicables, mientras que el productor de producto asume las obligaciones de Responsabilidad Ampliada del Productor (RAP) que correspondan en cada Estado miembro. Una misma empresa puede desempeñar ambos papeles o únicamente uno de ellos.
Esta diferenciación adquiere especial importancia en un sector como el agropecuario, en el que conviven envases de venta, colectivos, de transporte y vinculados a la producción primaria. Un cubitrans de fertilizante, un saco de semillas, un Big Bag, una caja de transporte, un film de paletizado, un palé, un fleje o un envase destinado a productos de cuidado animal responden a necesidades y funciones diferentes. El PPWR exige analizar cada uno de ellos para determinar qué requisitos y responsabilidades corresponden a cada eslabón de la cadena.
Esto representa un reto, pero también una oportunidad. Porque cuanto más se avance en el diseño de envases reciclables, en la utilización eficiente de materiales y en su correcta gestión al final de su vida útil, mayor será la capacidad de recuperar materias primas secundarias de calidad.
La economía circular no empieza cuando el residuo llega a una planta de tratamiento. Empieza con el diseño y la elección de materiales, continua con la puesta en el mercado, la recogida, la separación y la trazabilidad, y termina cuando esos materiales pueden incorporarse a nuevos procesos productivos.
Esta visión es especialmente importante en el sector agropecuario, donde la diversidad de formatos y usos hace que no exista una respuesta única. Un Big Bag no plantea los mismos retos que un saco de semillas; un film utilizado para paletizar mercancía no tiene la misma función que un bidón de producto; y una caja de transporte debe analizarse de manera diferente a un envase de venta.
La primera consecuencia para las empresas será, por tanto, la necesidad de conocer con precisión los envases que ponen en el mercado y las obligaciones que les corresponden. Esto implica identificar su función, materiales y características, determinar quién asume cada responsabilidad y disponer de la información y documentación necesarias para acreditar el cumplimiento del nuevo marco.
La segunda es que la gestión posterior del residuo seguirá siendo fundamental. De poco sirve diseñar un envase pensando en su reciclabilidad si después no existen sistemas de recogida suficientemente accesibles, capilares y trazables que permitan recuperarlo correctamente.
Esta es precisamente una de las enseñanzas que aporta la experiencia de AEVAE, un Sistema Colectivo de Responsabilidad Ampliada del Productor (SCRAP) especializado en envases de productos de uso agrícola. Cerca de 1.000 toneladas de envases gestionadas en España a través de una red de 1.500 puntos de recogida muestran que la circularidad necesita también infraestructura y proximidad.
Los puntos de recogida permiten acercar la correcta gestión de los residuos a cooperativas, almacenes de suministros, administraciones y otros espacios vinculados al territorio. Pero ningún sistema puede funcionar sin la implicación de todos los agentes de la cadena: desde las empresas que ponen los envases en el mercado hasta los agricultores que los utilizan y los entregan para su correcta gestión.
El PPWR plantea, en definitiva, una responsabilidad que atraviesa toda la cadena de valor. Europa necesita reducir su dependencia de materias primas y aumentar la disponibilidad de materiales reciclados de calidad. En este contexto, cada envase correctamente diseñado, gestionado y recuperado puede convertirse en una fuente de materias primas secundarias.
Ese es, en mi opinión, el verdadero cambio de paradigma: dejar de pensar en el final de la vida de un envase para empezar a pensar en todo su ciclo de vida. Y para conseguirlo será necesario que fabricantes, importadores, productores de producto, distribuidores, gestores, agricultores y resto de agentes de la cadena compartamos un mismo objetivo: convertir el residuo en un recurso para la industria.



