Editorial del número 307 de la revista ‘La Tierra de la Agricultura y la Ganadería? de UPA
Parece mentira que, una vez más, el debate previo a un nuevo periodo de la Política Agraria Común se vea inevitablemente enrarecido y contaminado por quienes se empeñan, una y otra vez, en atacar uno de los grandes pilares que sustentan el gran proyecto de integración europea.
En una estrategia de desmantelamiento y demolición paso a paso, el futuro de la PAC se enfrenta a dos amenazas coincidentes e igualmente destructivas: menos presupuesto para una política que sea cada vez menos común.
Con esta filosofía presentó la Comisión Europea su primera propuesta en el verano de 2025, obteniendo de inmediato el rechazo de todas las organizaciones agrarias de la Unión Europea, hasta el punto de provocar la gran movilización en Bruselas el pasado 18 de diciembre, en la que UPA asumió la representación de la agricultura y ganadería familiar, la verdadera fuerza económica y social del sector.
Una fuerza que, sin embargo, encierra también una gran vulnerabilidad, mayor que en las grandes explotaciones. Por ello, UPA reclamó en las calles de Bruselas, ante las puertas de las instituciones comunitarias, más PAC y más Europa.
Tenemos ahora dos años por delante para presionar y negociar, hasta conseguir que la PAC que entre en vigor en 2028 sea robusta, mantenga un verdadero carácter común y esté debidamente financiada, con un Marco Financiero Plurianual que aporte soluciones en favor de la competitividad y del crecimiento, con un reparto más justo de las ayudas.
Además de garantizar un comercio justo y transparente que proteja nuestras normas de producción y los sectores más sensibles; y que la futura gestión de la PAC contemple una verdadera simplificación, una mejor regulación y una mayor seguridad jurídica.
El futuro de la PAC se negocia ahora en medio de grandes movimientos geopolíticos, muy inquietantes, que condicionan y amenazan la posición de la Unión Europea en el orden global, mostrando una debilidad y falta de respuesta ante Estados Unidos, Rusia o China, que se trasladan inevitablemente a las políticas internas, como sucede con la PAC.
La preocupación creciente, rayana en la obsesión, por la seguridad militar en Europa se quiere presentar como razón suficiente para destinar más recursos a los juegos de guerra en detrimento de otras políticas, como la PAC, que son la mejor arma para defender la soberanía alimentaria.
Y siguiendo con esta jerga bélica, tan peligrosa para nuestro futuro, debe quedar claro que las mujeres y los hombres que trabajamos en la agricultura y la ganadería no somos enemigos de nadie, como tampoco somos clases pasivas ni formamos parte de un paisaje convertido en escenario, cuya capacidad productiva se ve mermada día a día por malas políticas, recortes y zancadillas.
No está de más, por tanto, señalar que nuestra verdadera fuerza está en nuestro trabajo y en la capacidad de alertar a la sociedad de los riesgos que corre toda la población si nos dan la espalda. Solo hace falta recordar, sin irse muy atrás en el tiempo, como se movilizó el campo europeo en los primeros meses de 2024, con conquistas importantes en el caso de España gracias a UPA. Y así volveremos a hacerlo siempre que haga falta.
En 2026 se cumple el 40 aniversario de la integración efectiva de España en la UE, el 1 de enero de 1986. En estos 40 años, las y los agricultores y ganaderos españoles hemos contribuido, y mucho, a reforzar la enorme potencia europea en la agroalimentación mundial.
Por ello, ahora, con grandes retos pendientes como el relevo generacional, no podemos consentir de ninguna manera que desde el gran marco que supone la Política Agraria Común se genere sensación de abandono, desamparo y apatía. Cuando lo que necesitamos es justo lo contrario.
